Federico II de Hohenstaufen (Iesi, 26 de diciembre de 1194-Castel Fiorentino, 13 de diciembre de 1250), llamado «stupor mundi» (asombro del mundo) y «puer Apuliae» (hijo de Apulia), fue rey de Sicilia y de Jerusalén y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Fue también uno de los escritores más representativos de la Escuela poética siciliana, que él mismo creó.
Vida Era nieto de Federico I Barbarroja y Rogelio II de Hauteville y una de las figuras más interesantes de la historia universal por sus cualidades extraordinarias y su carácter excéntrico, distinto a los hombres de su época y adelantado a ellos en más de un sentido. Su personalidad, poco convencional, lo llevaba a romper de continuo con los usos y costumbres de su tiempo, razón por la cual se le apodó ya en vida con el adjetivo «stupor mundi» (asombro o faro del mundo). Sus continuas desavenencias con el papado le valieron también el apodo de «Anticristo».
Infancia thumb|left|170px|Nacimiento de Federico II. Nació el 26 de diciembre de 1194 en Iesi (Ancona, Italia). Era hijo de Enrique VI, Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, y de Constanza, hija de Rogelio II, primer Rey de Sicilia. Según algunas fuentes, su nacimiento fue público, ocurriendo en una tienda, en plena plaza principal de Iesi, mientras su madre era arropada por algunos notables de Enrique VI. Según parece, la avanzada edad de Constanza, quien durante los ocho años previos se había mostrado estéril, sentaba dudas sobre la legitimidad de Federico, por lo que el nacimiento se habría celebrado de ese modo a fin de establecer garantías sobre el origen del niño.
Enrique VI, en un primer momento, parece aceptar la elección de la mujer y con el nombre de Constantino, en el verano de 1196, el pequeño fue elegido Rey de Romanos por los príncipes alemanes en la Dieta Imperial de Fráncfort. Algunos meses más tarde, llegado el tiempo de la ceremonia bautismal, celebrada en Asís, el nombre del futuro soberano fue cambiado por el padre que, respetando la prioridad de la casa paterna en aplicación de la ley sálica, decide asignarle el nombre "in auspicium cumulande probitatis", de Friedric Roger Constantine: "Federico" para indicarlo en la futura guía de los príncipes alemanes como nieto de Federico Barbarroja, "Roger" para subrayar la legítima pretensión a la corona del Reino de Sicilia como descendiente de Rogelio II de Sicilia y "Constantino" para acomunarse con la Iglesia de Roma, que en el Medioevo indicaba la fuente de la propia autoridad terrena. Aquella fue la segunda y última ocasión en que Enrique VI vio a su hijo.
Federico nacía ya pretendiente de muchas coronas; si bien la imperial no era hereditaria, Federico era un válido candidato a Rey de Romanos (el título electivo de los sucesores elegidos del Sacro Emperador) que comprendía también las coronas de Italia y de Borgoña. Estos títulos aseguraban derechos y prestigio, pero no daban un poder efectivo, faltando en estos estados una sólida estructura institucional controlada por el soberano. Estas coronas daban poder sólo si se era fuerte, de lo contrario sería imposible hacer valer los derechos reales sobre los feudatarios y sobre las comunas. Aparte, por vía materna había heredado la corona de Sicilia, donde si existía un aparato administrativo estructurado para garantizar que la voluntad del soberano fuese aplicada, según la tradición de gobierno centralizado.
Al morir su padre Enrique VI en 1197, Federico se encontraba en Italia con la intención de cruzar hacia Alemania. Al llegar la noticia, el guardián de Federico, Conrado de Spoleto, abortó la expedición y llevó al niño a Palermo junto a su madre, donde permanecerá hasta el término de su educación. Su madre Constanza era por derecho propio heredera del reino de Sicilia, y para asegurar los derechos de su hijo lo nombró públicamente heredero al trono de Sicilia nada más llegar. La educación en Sicilia fue un elemento fundamental para formar su personalidad, debido a la civilización normando-árabe-bizantina presente en Sicilia.
La unión de los reinos de Alemania y de Sicilia no era vista con buenos ojos ni por los normandos, ni por el papa, que con los territorios que por diverso título componían los Estados Pontificios poseía una línea que habría interrumpido la unidad territorial del gran reino, haciéndolo sentirse en consecuencia rodeado.
A la muerte de su madre, Federico fue coronado Rey de Sicilia el 17 de mayo de 1198. Como quiera que los derechos imperiales del niño podían comprometer su propia vida, su madre nombraba en su testamento como tutor del niño al Papado. Así, el papa Inocencio III se encargó de la tutela de Federico hasta que fue mayor de edad. A fin de proteger al inexperto Rey contra sus enemigos, el papa le indujo a que se casara en 1209 con Constanza de Aragón y de Castilla, viuda del Rey Emerico de Hungría.
Emperador Otón de Brunswick fue coronado emperador como Otón IV por el papa Inocencio III en 1209, con la esperanza de acabar con la hegemonía de la casa de Hohenstaufen; la enemistad del papado con el padre de Federico, Enrique VI, y su abuelo, Federico Barbarroja, había sido notoria, al chocar las pretensiones imperiales de los Hohenstaufen con las papales, que pasaban por crear en Europa un gobierno teocrático central con el papa a la cabeza. Sin embargo, Otón IV no se mostró como el campeón papal esperado, y en septiembre de 1211 la Dieta Imperial de Núremberg decidió confirmar a Federico como Rey de Romanos, esto es, candidato electo para suceder a Otón IV. Otón se había enemistado con los tres arzobispos electores del Sacro Imperio (los de Maguncia, Colonia y Tréveris) y al pretender retomar, ahora para la Casa de Welf, el proyecto imperial de los Hohenstaufen, el papado lo había marcado como enemigo, e Inocencio III lo había excomulgado. Sin embargo, pudo mantener su posición hasta que fue derrotado en la batalla de Bouvines en el mes de julio de 1214 por las fuerzas del Rey Felipe II de Francia. Fue depuesto en 1215.
Federico fue de nuevo elegido en 1212 y coronado Rey de Romanos el 9 de diciembre de 1212 en Maguncia; una nueva ceremonia de coronación tuvo lugar al ser depuesto Otón IV en 1215. La autoridad de Federico en Alemania era débil, como lo demuestran las continuas confirmaciones de su elección. Sólo el sur de Alemania, donde se encontraban sus territorios patrimoniales (Suabia) lo reconocía con algún grado de adherencia a su causa; en el norte de Alemania, centro neurálgico del poder güelfo, Otón seguía ostentando el poder real e imperial pese a su excomunión. No obstante, su derrota en la batalla de Bouvines lo obligó a retirarse al núcleo güelfo, donde, prácticamente sin ningún apoyo, fue asesinado en 1218. Los príncipes electores alemanes, apoyados por Inocencio III, volvieron a confirmar una vez más a Federico como Rey de Romanos en 1215, y el propio papa lo coronó rey en Aquisgrán el 23 de julio de 1218. La política papal, por aquel entonces, había pretendido hacer de Federico un vasallo fiel a su causa; sin embargo, Inocencio III no se sentía lo suficientemente cómodo defendiendo la candidatura imperial de Federico, quien al fin y al cabo era miembro de la familia Hohenstaufen, una «estirpe de víboras», que era apoyada por muchas facciones gibelinas contrarias a los intereses papales.
No fue hasta 1220 cuando, tras arduas negociaciones con Inocencio III y su sucesor Honorio III –que sucedió a aquel en 1216, y que había sido profesor del propio Federico–, Federico fue coronado Sacro Emperador Romano en Roma por el Papa, el 22 de noviembre de 1220. Al mismo tiempo, su hijo mayor, Enrique, fue coronado como Rey de Romanos. Las condiciones prometidas a cambio de la coronación fueron duras e incluían condonar la deuda pontificia, renunciar a la condición de legado apostólico en el Reino de Sicilia, socorrer al Imperio Latino de Constantinopla y embarcarse en una cruzada hacia Tierra Santa para recuperar los Santos Lugares. Federico, una vez coronado, no se mostró muy dispuesto a cumplir estas promesas, aunque habló de preparar una cruzada. Por su parte, casó a una hija suya con el emperador de Nicea, lo cual demostró a las claras su poco interés en socorrer al Imperio Latino de Constantinopla.
Federico no daba signos de querer abdicar al Reino de Sicilia, pero mantenía la firme intención de tener separadas las dos coronas. Alemania la dejaba a su hijo, pero, en cuanto emperador, conservaba la suprema autoridad. Habiendo crecido en Sicilia, es probable que se sintiese más italo-normando que alemán, pero sobre todo conocía bien el potencial del reino siciliano, con una floreciente agricultura, ciudades grandes y con buenos puertos, además de la extraordinaria posición estratégica en el centro del Mediterráneo.
A diferencia de la mayoría de los Emperadores del Sacro Imperio, Federico pasó poco tiempo en Alemania. En 1218 ayudó a Felipe II de Francia y al duque de Borgoña, Eudes III, a acabar con la guerra de sucesión en la Champaña, al invadir la Lorena, capturando y quemando Nancy, donde tomó prisionero a Teobaldo I de Lorena y le obligó a que retirara su apoyo al pretendiente champañés Erard de Brienne. Tras su coronación en 1220, Federico apenas si volvió a salir de Italia hasta 1236, salvo para la Sexta Cruzada. En 1236 hizo un viaje de un año a Alemania, y a su regreso en 1237, pasó el resto de su vida, 13 años, en el sur de Italia o en Sicilia.
En el Reino de Sicilia (usualmente llamado en aquel tiempo el Regnum), que entonces comprendía también el sur de Italia hasta la Campania, realizó una intensa y a veces impopular labor de reformas. Modificó las leyes de su abuelo Rogelio II de Sicilia, promulgando las Constituciones de Melfi en 1231; en ellas se reorganizaba el reino de Sicilia como una monarquía autoritaria, con un gobierno centralizado, renegando del feudalismo. Estas leyes continuaron siendo, con unas mínimas reformas, las leyes básicas de Sicilia hasta 1819. Por cierto que ciertas nuevas leyes contradecían su promesa al papa de renunciar a la legatura apostólica sobre el reino, la cual le daba derecho a controlar los asuntos eclesiásticos y a deponer y nombrar clérigos y obispos. De hecho, sus continuas refriegas con el papado en la forma de las luchas entre güelfos (pro-papales) y gibelinos (pro-emperador), sobre todo en el norte y sur de Italia, lo llevaron a promulgar nuevos impuestos y a elevar los antiguos en el Regnum, lo que aumentaron su impopularidad.
En general, sus asuntos lo alejaban de su capital, Palermo, y prefería pasar los momentos de asueto cazando en Campania o en Apulia. Durante este período se hizo construir, como pabellón de caza, Castel del Monte y, como patrón de las letras fundó en 1224 la Universidad de Nápoles, ahora llamada Università Federico II en su honor.
Confederación con los Príncipes Eclesiásticos El Tratado de la Iglesia con el Príncipe, o Confoederatio cum principibus ecclesiasticis, del 26 de abril de 1220 fue emanado de Federico II como concesión a los obispos alemanes para tener su colaboración en la elección de su hijo Enrique como Rey de Alemania. El documento representa una de las más importantes fuentes legislativas del Sacro Imperio Romano Germánico en el territorio alemán.
Con este acto Federico II renuncia a un cierto número de privilegios reales en favor de los príncipes-obispos. Fue un verdadero cambio en el equilibrio del poder, un nuevo diseño que debía llevar a mayores ventajas en el control de un territorio vasto y lejano.